Fue en 1975 cuando la ONU decide institucionalizar el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, por la lucha de las mujeres por conseguir sus derechos laborales en igualdad con los hombres. Ha llovido mucho desde 1975, aunque la mayoría de las veces lo ha hecho sobre mojado, pero en definitiva ha llovido tanto que este día ha pasado a llamarse Día Internacional de la Mujer, sin la coletilla de “Trabajadora”,  porque eran tantas las cosas a reivindicar que aquel primer epígrafe se quedaba corto. La bandera feminista no ha dejado de agitarse, pero en diferentes direcciones. Precisamente en los últimos años esa maldita lacra de los malos tratos se ha convertido en la primer objetivo a erradicar por todos, convirtiéndose en la principal bandera  no solo de este día, si no de los 365 días del año.

A mí la personalidad femenina siempre me ha fascinado. No sé si será por mi gran pasión por el cine, donde a lo largo de la historia he descubierto muchos mejores actrices que actores, siempre las historias de ellas siempre me han parecido mucho más interesantes que las historias de ellos. Si Cary Grant era un grande del cine clásico americano, más grande era la mujer que estaba a su lado, Katharine Hepburn. Si Marcello Mastroianni fue el rey del cine italiano, la reina o la emperadora es Sophia Loren sin ninguna duda. Y aquí en nuestro país siempre he preferido una película con Carmen Maura que con cualquier otra actor.

Pues lo mismo en la vida real que en el cine ¿o acaso el cine no es un espejo de la vida real?. En una conversación con un grupo de amigos siempre hay una mujer que brilla por encima del resto. Decía Pedro Almodóvar, volviendo al símil del cine, que él prefiere escribir personajes femeninos que masculinos. Según nuestro director más internacional, cuando escribes un personaje femenino lo vez capaz de hacer cualquier cosa, en cambio un personaje masculino tiene muchísimas más limitaciones creativas para hacerlo creíble. Yo pienso igual.  Mujeres que brillan con luz propia.

Con todo esto quiero decir que de forma individual, he conocido y espero seguir conociendo a mujeres maravillosas. He aprendido y quiero seguir aprendiendo de ellas.  Que aunque han pasado muchos años desde que se plantaron por primera vez para decir “¡Basta, aquí estamos nosotras en igualdad de condiciones y derechos!”, a pesar del tiempo transcurrido aún queda muchísimo camino por recorrer, todavía hay muchas torres por derribar. Y esto hay que hacerlo desde la inteligencia, sin perderse en el laberinto del camino. Queda mucho por construir mientras haya una sola persona que reme en dirección contraria. Todos debemos ir en la misma dirección que nos haga a todos iguales. Esto tanto una necesidad como sentido común. A mí me tenéis a vuestro lado.

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